Biblioteca Popular José A. Guisasola

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Frankenstein entra al supermercado. Viene contento el monstruo. Amablemente saluda a todos los clientes y empleados, toma un carrito y comienza a desfilar por entre las góndolas. Ha ido por dos motivos: hacerle los mandados al médico que lo creó y con quien vive; y comprarse algo para él.

Es que, para su espanto, hace poco se enteró de que el corazón que le injertaron al momento de ensamblarlo, ¡era de un asesino! Y desde entonces teme levantarse con mal humor o sufrir una rabieta (algo muy raro en él), y terminar aniquilando a cuantos se le crucen enfrente.

Luego de planteárselo, su creador quiso calmarlo diciéndole que su temor era infundado. Pese a su insistencia, le dijo que estaba bien, que no había problema. Le cambiaría el corazón, pero debía conseguírselo él por su cuenta.

El monstruo ya ha llenado el changuito con todo lo que necesita para las comidas de esa semana (es excelente cocinero) y los productos de limpieza para dejar su castillo hecho una pinturita (también, es muy pulcro). Por eso, se aboca a encontrar lo que tanto desea.

Enfila hacia la carnicería.

–¿Tiene corazón? –le pregunta al carnicero.

–De vaca –responde el tipo mientras afila un cuchillo contra otro cuchillo–. Ideal para preparar milanesas.

–Sucede que no lo quiero para milanesas –le informa Frankenstein, con algo de vergüenza de confiarle el verdadero uso que espera darle.

Y en un microsegundo se imagina con un corazón que lo haga mugir en vez de hablar, lo obligue a rumiar pasto en vez de comer todas las cosas ricas que le gustan y que él prepara (¿te dije que era un gran cocinero?) y lo peor, convertido en un monstruo que da leche.

–También hay corazoncitos de pollo –le ofrece como opción el carnicero, sin soltar sus cuchillos–. Puede prepararlos con arroz o en guisito.

–Usted dirá: ¡cómo jorobo! Pero no es lo que busco –le explica.

Ahora se ve desayunando a picotazos maíz crudo y buscando gusanos para sus otras comidas. ¿Y si el pollo resultara un gallo? Obligado a despertarse al amanecer y, parado sobre un palo, tener que cacarearle al Sol. ¿O si fuera gallina? Ya le duele el trasero con la sola idea de verse forzado a poner al menos un huevo al día.

–Si lo que busca son achuras –le interrumpe la visión el carnicero–, puede llevar riñón o hígado.

A Frankenstein, la idea de tener esos órganos en vez de un corazón le da repelús.

–Gracias, pero de esos ya tengo–. Y se dirige a la verdulería. Ese día hay ofertas en toda clase de frutas y le gusta la posibilidad de que le pongan un corazón aromático, colorido y con todas las vitaminas habidas y por haber.

Descarta llevarse un melón: es muy grande y además, lo constipa. También una manzana: lo que menos quiere es terminar con un gusano viviendo en sus entrañas. Menos un limón, no quiere tener sentimientos ácidos; ni tampoco un pomelo, porque si no sería un amargado. Al durazno ni lo mira: los pelitos le causan alergia. Si se llevara una pera de agua, nadie le asegura que apenas comience a latir termine deshaciéndose.

–¡Membrillo! ¡Me fascinaría tener por corazón un membrillo! –se propone.

Pero el empleado le avisa que justo no es temporada.

Sin dejarse rendir, Frankenstein va a la heladera de los lácteos. Tal vez un queso podría servirle, pero el único que hay es con agujeros y él quiere un corazón sanito. En la panadería, lo que más le convence es una medialuna, pero piensa en que tal vez atraiga hormigas y le causen un infarto. Solo le queda la sección de artículos del hogar: lo único que se acerca a lo que busca es un despertador, pero no podría vivir con un cuore que podría atrasar o adelantar y menos, que cada cierto tiempo le suene una alarma.


Se siente frustrado. Pensó que sería más fácil.

Justo, por el altavoz anuncian que están por cerrar. Y como no quiere irse con las manos vacías, vuelve a la carnicería, donde con todo el dolor del alma termina llevándose el corazón de vaca.

Está pagando en la caja y piensa en los efectos colaterales de que le trasplanten una víscera vacuna. Entonces, una lágrima rueda por su mejilla y cuando la cajera le pregunta si se siente mal, le responde con el consabido:

–Me entró una basurita en el ojo, no se preocupe–. Y se va. Cuando llegue a su castillo podrá encerrarse en el sótano y llorar a grito pelado sin que lo vean.

Casi en la puerta, delante de él hay una anciana. Carga como diez bolsas, todas llenas. Se nota que le pesan un montonazo y, encima, una se desfonda regando todo el piso con latas, frascos y cajitas. Los demás le pasan por al lado y casi por encima sin siquiera ayudarla. El monstruo deja sus bolsas y la asiste.

–Gracias, jovencito –le dice la viejita–. Ya no hay personas como usted.

–Si vive cerca, la acompaño y le llevo las cosas –ofrece el monstruo, mientras se sorbe los mocos, porque no ha podido evitar largarse a llorar en público.

–¿Me haría el favor? –acepta la mujer–. Usted sí que tiene un corazón grande como una casa de dos pisos. De los que les harían falta a otros, que en cambio tienen una piedra.

Lo que oye le gusta a Frankenstein. Ahora, camina junto a la viejita y reflexiona que, después de todo, lo que importa no es el corazón, sino la persona que lo usa.

En cuanto al que compró en la carnicería, planea prepararlo estofadito para él y su creador. (¡No sabes lo rico que le saldrá!)


FIN




Un pueblo que fue circo y otros cuentos insólitos
Fabián Sevilla
Ilustraciones de Emiliano Rodríguez Egaña
Editorial Amauta Argentina S.R.L.
60 páginas - 20x14 cm
Colección: SERIE VERDE (Desde 8 años)

Este libro reúne, en alegre desorden, siete relatos con un solo hecho en común: todos son insólitos. Carpas de circo que abarcan todo un pueblo; barrilletes que remontan la luna derrumbada; barítonos que no encuentran la cabeza; un Drácula que pierde los colmillos y otros escenarios absurdos desfilan frente al lector, plenos de humor y poesía. Un libro de Fabián Sevilla para disfrutar de lo imposible.

Índice:
Un pueblo que fue circo
Un Trillón y pico de Barriletes
Espejito, espejito
Señor Sinmarote canta esta noche
¡Por mis colmillos!
Al rescate de la Princesa Mandarina
Kilo y medio de corazón


Visto y leído en:
Video: Un pueblo que fue circo: Kilo y medio de corazón - Videos educativos – YouTube
https://www.youtube.com/watch?v=R4XJ8bRfM0s
Un corazón para Frankenstein – Clase 1 - Colegio República de Italia – Iquique. Chile
https://colegiorepublicadeitaliaiquique.cl/wp-content/uploads/2020/03/7%C2%B0-y-8%C2%B0-Ba%CC%81sico-CUADERNO-DE-TRABAJO-LENGUAJE-Y-COMUNICACION.pdf.pdf
Biblioteca Imaginaria
Un corazón para Frankenstein. Texto © 2009 Fabián Sevilla. Imagen © 2009 Andrés Sobico.
http://www.imaginaria.com.ar/b/pdf/sevillauncorazonparafrankenstein.pdf





Archivaldo era muy pero muy tímido. Tanto que se pedía permiso para mirarse en el espejo. Estaba enamorado de una chica que viajaba en el mismo colectivo que él, de lunes a viernes, a la ida y vuelta del trabajo. Linda y de ojos tristones, se sentaba siempre hacia la ventana, en la séptima fila, de la Línea 60.

Él jamás le habló o la miró de frente. Fue todo un logro animarse a ocupar el asiento del pasillo junto a ella en cada viaje, de lunes a viernes de ida y vuelta del trabajo, en los últimos cinco años.

Una vez carraspeó la garganta para llamar su atención. Pero la chica ni lo escuchó. Siempre leía el diario, de ida y vuelta, de lunes a viernes, durante los últimos cinco años. Otra vez, Archivaldo quiso ofrecerle una pastilla, pero se puso tan nervioso que, en una frenada, las mentitas rodaron por todo el colectivo. Ella, leía. Ni lo notó.

Un día, el tímido enamorado sacó coraje y puso este aviso en la página 3 del diario:


A la chica de ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7º fila:

¿Tiene novio?

Firma: Señor Amor Tímido


La mañana siguiente, en el colectivo, esperó alguna reacción de su amada. Nada. Pero al otro día, Archivaldo encontró este aviso en la página 3 del diario:


Al Señor Amor Tímido:

No.

Firma: La chica de ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7º fila.


¡Qué feliz se puso! Tanto que sopó el diario en el café con leche, se metió una medialuna bajo al brazo y así salió a la calle. El viaje fue como siempre: él en silencio, ella pegada a la lectura.

Al otro día, apareció este anuncio:


A la chica de ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7º fila:

¿Cómo se llama?

Señor Amor Tímido


Nuevamente, en el desayuno Archivaldo se desayunó con que se llamaba Margarita. Fue y publicó esto:


¡Qué lindo! Como la flor.

Señor Amor Tímido


En la página 3 del diario del día siguiente, el tímido leyó:


Al señor Amor Tímido:

Sí, ¿vio?


Aviso va, aviso viene, comenzaron a conocerse. En letras de molde se contaron cosas como la música que escuchaban, las películas que preferían, lo que habían comido ayer y cenarían hoy, el gusto compartido por los animales y los enanos de jardín, sus coincidencias sobre política, geografía o sabores de helados; también sus diferencias respecto a literatura, modelos de zapatos o si la ch es o no una letra.

Un lunes, tras ver de reojo que ella acariciaba el anuncio de aquel día, Archivaldo se animó. Le dijo como al pasar:

—¡Qué loco, no!

—¡Ajá! Loco, pero lindo.

Los avisos siguieron apareciendo, generando un efecto dominó inesperado. De pronto, todas las chicas de ojos tristones de la ciudad creyeron ser la que de lunes a viernes viajaba en el 60, de ida y vuelta, contra la ventana de la 7º fila. Y cada vergonzoso solitario pensó que era el Señor Amor Tímido. Así, los que como Archivaldo gustaban de alguien se animaron y confesaron su amor. Las personas de ojos tristones estuvieron atentas a ver quién podía ser su amor tímido y descubrieron que siempre alguien las quería en secreto pero tenía vergüenza de decírselo.

Se formaron parejas. Los titulares anunciaban el crecimiento del índice de enamorados y el descenso del de tímidos y del de ojos tristones. En la página 3, seguían los avisos.

A esa altura, Archivaldo y Margarita ya conversaban en sus viajes. Ella le leía las noticias y él le daba su opinión. También hablaban de los anuncios. Que ¿quiénes serían el Señor Amor Tímido y la chica de ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, hacia la ventana de la 7º fila? ¿Dónde vivirán? ¿Serán rubios, morochos, pelados, altos, bajos, gordos, flacos? ¿Se conocerían alguna vez?

Así, él ganó confianza y a ella, su habitual compañero de viaje comenzó a gustarle. Por eso, un día Archivaldo (y toda la ciudad), leyó el siguiente anuncio:


Al estimado Señor Amor Tímido:

Le ruego me disculpe, pero no puedo seguir con esto. Hay alguien que me gusta y no sería correcto avivar su ilusión. Espero me entienda.

Suya, La chica que ya no tiene ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7º fila.


La ciudad entera esperó con ansias hasta el otro día. En parques, bares, oficinas, esquinas y colectivos, se leyó:


A la querida chica que ya no tiene ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7º fila:

La entiendo. No tiene por qué disculparse. Espero que ese alguien que le gusta, la haga muy feliz. Hasta la vista.

Señor Amor Tímido


Los avisos dejaron de aparecer. Pero afortunadamente, los porcentajes de tímidos y ojos tristones se mantuvieron en el piso. Los de enamorados, estables.

Archivaldo ya no viajó en silencio. Margarita no se pegaba al diario. Iban y venían, de lunes a viernes, sentados en cualquier parte del colectivo o parados, pero tomados de la mano. Sábados y domingos disfrutaban de su amor. Sin timidez.


FIN


A Frankenstein se le fue la mano
de Fabián Sevilla
Ilustraciones de Nacho Yunis
Ediciones Salim
Colección Amaranta - 116 páginas
Para lectores entrenados (8+)

SINOPSIS
Frankenstein va a comprar una mano a una tienda? ¿El hombre invisible está enamorado de una chica que no puede ni verlo? ¿Los monstruos hacen fiestas con entrega de premios? Muchas preguntas tienen sus disparatadas respuestas en este libro con cuentos y comedias teatrales para leer, leerles a otros o leer con los demás. Una puerta abierta al humor y la imaginación, para disfrutar de un experimento: transformar la narrativa en teatro y viceversa. ¿Se animan? Les adelantamos: el resultado será muy divertido.

ÍNDICE
Palabritas antes de empezar

LOS CUENTOS…
A Frankenstein se le fue la mano
Cita a ciegas
Señor Amor Tímido
El Matiasjeremíaselíasisaíasaurus Rex
¡Vade retro!, mate

LAS COMEDIAS…
A Frankenstein se le fue la mano
Una nueva clase de monstruo
Romance color verde
Llamadas de ultratumba
Superhéroe… aunque no haga falta

Fabian Sevilla
Nacho Yunis


Visto y leído en:
Biblioteca Imaginaria - Texto © 2007 Fabián Sevilla. Imagen © 2007 Manuel Purdía
http://www.imaginaria.com.ar/b/pdf/sevillasenoramortimido.pdf





Dicen que era un pueblo tan, pero tan tan chiquito que una vez llegó un circo y quedó todo entero bajo la carpa. Entonces, la vida de todos se convirtió en una función, ¡que duró quince días!

La pista se ubicó sobre la plaza. Los chicos se olvidaron de los columpios, el tobogán y el subibaja. En cambio, jugaron a volar en el trapecio, cruzar la cuerda floja con los ojos vendados, dispararse varios metros desde los trampolines para dar hasta doce volteretas en el aire y ¡hop! caer sobre un pie en uno de los jardines. Eso y otras cosas tan, pero tan tan osadamente divertidas.

Las vecinas usaban las sogas de los parantes de la carpa para tender la ropa al sol: zoquetes, calzones, camisetas y demás, lucían preciosos entre cientos de banderines de colores. También enviaban a los acróbatas a hacer las compras: los tipos demoraban segundos en ir y volver de la panadería, la verdulería, la carnicería. Las doñas, agradecidísimas, les devolvían el favor con una medialuna, una naranja o una costeleta.

Los pobladores adoptaron la costumbre de almorzar mientras veían ensayar a toda la compañía y durante la cena, sin levantarse de la mesa, disfrutaban de la función. Eso sí, dejaron de salir al campo o viajar a la ciudad, porque para volver a sus casas debían pagar la entrada.

Muchas noches, los artistas hasta cenaban con ellos. Eso sí, nadie se sentaba a que le sirvieran. Los malabaristas se encargaban de la vajilla: platos, vasos, fuentes, jarras iban y venían en graciosas vueltas de la cocina al comedor; el lanzador de cuchillos se ocupaba de los cubiertos. Y era de destacar el lanzallamas, a quien jamás la comida se le pasó de cocción.


Los carromatos se ubicaron entre y dentro de las casas. Justito en la carnicería de don Braulio se puso el de los leones. Los melenudos le vivían comiendo ¡cruda! la mercadería. Aunque con los profundos rugidos no lo dejaban dormir la siesta, le vivían chuseando fiero al perro y le destrozaron los sillones afilándose las garras, el carnicero no se quejó. Es que durante muchos días, a su local no se acercó un solo ladrón y ningún cliente se animó a pedirle fiado.

El carro del mago, con todas sus galeras, cajas y varitas mágicas, quedó sobre la granja de don Manuel. De pronto, el granjero fue a su chacrita a cosechar zanahorias y en cambio, de bajo la tierra sacó veinte, cincuenta, ochenta pañuelos de todos los colores, unos anudados a otros. Con las papas le pasó que se convirtieron en palomas, la lechuga aparecía y desaparecía según fuera la hora del día y de las sandías, ¡al partirlas surgían conejos! Flor de julepe se pegó Rosaura, su esposa, cuando descubrió que las vacas daban leche a lunares o a cuadritos; las gallinas ponían huevos cúbicos (¡si habrán sufrido las batarazas!) y que el burro, convertido en prodigioso políglota, rebuznaba “abracadabra” en siete idiomas.

Dentro de las aulas de la escuela quedaron los camarines de los payasos. Andaban entre los bancos ensayando cachetadas y caídas, además de usar el pizarrón para escribir sus bromas. Los chicos se negaban a salir al recreo. Las maestras daban las clases muertas de risa y, para un acto, la directora se apareció con traje a rombos y floripones, la boca pintada de amarillo, los ojos en verde y un pompón rojo en la nariz.

Hubo algún que otro momento de conflicto. Sobre todo cuando el lanzador de cuchillos le rebanó todas las rosas, gladiolos y malvones a la florista, una equilibrista se apareció girando sobre una gran pelota a dar el pésame a un velorio y el hombre bala, no se supo por qué, quedó estampado contra la pared del altar mayor de la iglesia en medio de una misa. Pero la cosa no pasó a mayores.

Cierto sábado, luego de la función, la orquesta guardó las marchitas circenses, tan, pero tan tan llenas de contagiosos “umpa pa pa umpa pa pa”, y ¡se armó el bailongo! Los del pueblo movieron pies y caderas al son de músicas que jamás habían escuchado y que la bandita les regaló, traídas de todas las partes del mundo donde el circo había plantado su carpa. En el patio del Club Social, que ahora tenía piso de aserrín, se vio valseando a la bibliotecaria con un oso, al pulpero milongueando con la mujer barbuda y al boticario ejecutando un enérgico kasachov sobre la nariz de una foca. En cierto momento, la hija del comisario se borró con el hombre goma.

Un día, el circo desarmó su carpa, guardó trastos, artistas, animales y, como llegó, se fue. A los del pueblo les quedó el recuerdo de la alegría, la novedad, la música, las risas, la magia, la emoción... y el olor a bosta. Ah, también un elefante que doña Estela halló al mes en su ropero y se quedó a vivir con ella.


FIN




Un pueblo que fue circo y otros cuentos insólitos
Fabián Sevilla
Ilustraciones de Emiliano Rodríguez Egaña
Editorial Amauta Argentina S.R.L.
60 páginas - 20x14 cm
Colección: SERIE VERDE (Desde 8 años)

Este libro reúne, en alegre desorden, siete relatos con un solo hecho en común: todos son insólitos. Carpas de circo que abarcan todo un pueblo; barrilletes que remontan la luna derrumbada; barítonos que no encuentran la cabeza; un Drácula que pierde los colmillos y otros escenarios absurdos desfilan frente al lector, plenos de humor y poesía. Un libro de Fabián Sevilla para disfrutar de lo imposible.

Índice:
Un pueblo que fue circo
Un Trillón y pico de Barriletes
Espejito, espejito
Señor Sinmarote canta esta noche
¡Por mis colmillos!
Al rescate de la Princesa Mandarina
Kilo y medio de corazón


Visto y leído en:
Blog: La página de Vicky
http://lapaginadevickylinda.blogspot.com/2009/11/un-pueblo-que-fue-circo.html
Biblioteca Imaginaria
http://www.imaginaria.com.ar/b/pdf/sevillaunpuebloquefuecirco.pdf
Videos educativos - YouTube
https://www.youtube.com/watch?v=h3isPUbMtBc
Emiliano R. Egaña
http://emilianoegana.blogspot.com/p/un-pueblo-que-fue-circo-y-otros-cuentos.html
FABIAN SEVILLA EL MENDOCINO QUE VUELA EN CALESITA
https://fabianelcalesitero.blogspot.com/2013/04/un-pueblo-que-fue-circo-y-otros-cuentos.html





¿Me permite,
hermosa,
que le diga
una cosa?

Lo que quiera,
don Juan caballero,
siempre que sea
amable y sincero.

Usted, preciosa,
me parece
una adorable
mariposa.

No, don Juan caballero,
no soy mariposa.
si se fijara mejor,
vería que soy otra cosa.

¿Será usted un piojo
muy corto de vista
que usa anteojos?

¿O una cucaracha
que hace equilibrio
sobre una remolacha?

No, don Juan caballero,
no soy piojo
y no uso anteojos.
tampoco cucaracha
y ¡aj!, detesto la remolacha.
Menos seré mariposa.
Si pusiera atención,
vería que soy otra cosa.

¿Será, tal vez, una hormiga
que usa como almohada
un sándwich de miga?

¿O una araña
que teje su tela
usando pestañas?

¿Podría, quizás, ser un grillo
que toma su ducha
en un fino pocillo?

¿O un ciempiés
que usa galera, bastón
y canta en inglés?

¡Le digo que no,
don Juan caballero!
no soy hormiga
y me engordan los sándwichs de miga.
Tampoco araña
que teje con babas, no con pestañas.
¡Nada que ver con grillo,
pues me ahogaría en el pocillo!
No me vea como ciempiés:
no soy elegante y no sé decir ni “yes”.
No soy piojo,
cucaracha
o mariposa.
Si me mirara con lupa,
vería que soy otra cosa.

¿Será -me arriesgo- un saltamontes
a quien siempre le queda
cerca el horizonte?

¿O un escarabajo
que de las naranjas come
las semillas y los gajos?

¿Me equivoco o es una abeja
que enhebra collares
con miel y lentejas?

¿O un pulgón
que da serenatas
soplando el trombón?

¿Estoy errado y es una mosquita
que para carnaval
fabrica disfraces y mascaritas?

¿O una cigarra
que canta de noche
para animar las farras?

¿Pierdo si digo que es una chinche
que convirtió su traje
verde en un colorinche?

¿O una pollilla
que fríe buñuelos
y además, sopaipillas?

¡Ya no insista más, don Juan caballero!
No soy saltamontes
y ni idea tengo qué será el horizonte.
Nada luzco de escarabajo
y en vez de naranjas, mastico chicles de ajo.
Lejos estoy de ser abeja
y la miel me empalaga, me llenan de granos las lentejas.

¡Me ofende si me ve pulgón!
Además, desafinaría soplando un trombón.
Poco hay en mí de mosquita,
y el que hace disfraces y mascaritas es el bicho bolita.
¡No le permito llamarme cigarra!
Yo de noche duermo, jamás salgo de farra.
¡Maleducado, creer que soy chinche!
Que huelen a ¡guácala! y aman el bochinche.
¡Confundirme con una polilla!
Encima me dan pataletas los buñuelos y las sopaipillas.

¡Y córtela de una vez, don Juan caballero!
No soy hormiga,
araña,
grillo,
ciempiés,
piojo,
cucaracha
o mariposa.
Si me mirara con telescopio,
vería que soy otra cosa.
¡Soy otra cosa!
¡Otra cosa!

¡No se ponga
tan berrinchosa!
Pero sospecho que
tiene algo de mariposa.

¿No ve don Juan caballero
que en un capullo vivo,
trenzado con seda,
y me arrastro, no vuelo
o salto, ni camino?
-¡No soy una mariposa!

Tampoco tengo antenas…

¿Como las que le están saliendo?

¿Notó que me faltan alas?

¿Iguales a las que le están naciendo?

Ni vivaz colorido.

¿Como ese que la está tiñendo?

Hágame un favor:
Mírese un poco, primorosa,
en el espejo del charco,
y dígame: ¿no se ve mariposa?

¡Tiene razón, don Juan caballero!
Hace un segundo era otra cosa:
una gusana, lenta y babosa,
y ahora resulta ¡que sí
soy una adorable mariposa!




FIN


Visto y leído en:
Biblioteca Imaginaria Texto © 2010 Fabián Sevilla. Imagen © 2010 Alejo Rotemberg.
http://www.educared.org.ar/enfoco/imaginaria/biblioteca


Libro: ¡No soy una mariposa!
Autor: Fabián Sevilla
Ilustraciones: Virginia Piñón
Editorial: Salim
Colección Amaranta. Primeros lectores
Páginas: 32 (Imprenta mayúscula)
Formato: 13 x 19,5 cm.

Descripción:
Don Juan Caballero, muy curioso y preguntero, quiere saber si esa dama primorosa no es más que una hermosa mariposa. ¿Será un piojo corto de vista que usa anteojos?, ¿o una cucaracha que hace equilibrio sobre una remolacha? Preguntas y respuestas, dibujos en colores, te llevarán a saber si la muy primorosa, es o no una mariposa.

Visto y leído en:
Video: Cada cual con su librito Celeste Nicolao (YouTube)
https://www.youtube.com/watch?v=dZPGpokTLew





La letra H está harta de ser silenciosa y sale a buscar un sonido. Pero, durante su viaje, descubrirá algo muy importante…

El Congreso Anual de Vocales y Consonantes se desarrollaba con tranquilidad, cuando la H estiró una mano para pedir la palabra.

—Te escuchamos —le dijo la T, que presidía el encuentro.

La H carraspeó y, sin timidez, expuso:

—¡Estoy harta de ser silenciosa! ¡Quiero sonar!

El alboroto alfabético que se armó fue tremendo. La T llamó al orden y pidió a la H que se explicara mejor.

—Y… sí. Todas tienen sonido. Yo, nada. Chicas, aparezco en palabras tan importantes como “hijo”, “hogar” e incluso “hablar”, pero la gente ni me pronuncia y son pocos los que se acuerdan de mí y me utilizan al escribir. ¡Exijo mi derecho a sonar! Aunque sea parecido a otra letra.

—¿Y yo, qué? Sueno a U o a V. Si estaré en treinta palabras es mucho. Y no me quejo —le retrucó la W.

—No sabés el dilema que es compartir un sonido con otras —dijo la Q mirando de reojo a la C y la K, que asentían con las cabezas.

—A mí me pasa lo mismo. Encima somos víctimas de los horrores de ortografía —agregó la Z que compartía un triste destino con la S y la C.

—¡Yo, en minúscula, tengo punto como la J y no me hago tanto drama! —agregó la I—. Aunque confieso que es injusto que la U a veces se dé el lujo de tener dos y se las tira de ser otra letra.

—Tenés dos patas y dos brazos. Yo no puedo decir lo mismo —le gritó la M que vivía renegando por su parecido con la N y la Ñ, que además tenía sombrerito.

La H seguía emperrada.

—No me importa. Necesito un sonido que me dé personalidad. Dependo del lápiz o la lapicera y eso no es vida. ¿A quién le gusta depender de otro?

El resto del abecedario se miró. Algo de razón tenía. La T volvió a tomar el control.

—¿Qué sonido se te ocurre, querida?

—No sé, me gusta el de la F…

—Ah, no, yo no cedo nada —se excusó la F que ya había batallado con la H por el derecho de la palabra “fierro”, entre otras.

—También me gusta el de la V.

—¿La alta o la petisa?

—La de “vaca” —respondió la H.

—Te entendemos, pero ninguna puede cederte su sonido. Se me ocurre que tendrás que salir a buscarte uno propio —sugirió la D, muy comprensiva.

A la T, la propuesta le pareció aceptable.

—Eso, tenés un año, hasta el próximo congreso, para encontrar un sonido para sonar.

Todas estuvieron de acuerdo. La H fue a su casa, armó las valijas y partió a buscar lo que tanto quería. Se le ocurrió que el viento podría prestarle alguno de sus tantos sonidos. Con bufanda, guantecitos y pasamontaña viajó al Polo Sur, donde el viento tiene su residencia de invierno. Luego de explicarle, el tipo le dijo que encantado, pero no le convenía.

—Si te cedo algún sonido, cuanto te pronuncien van a volar sombreros, papeles, hasta techos. La gente evitará usarte.

A la H le pareció razonable. Se fue a hablar con el mar.

En malla, ojotas y lentes oscuros, llegó a la playa. Bajo una sombrilla escuchó cómo el mar la convencía de lo poco conveniente de sonar como un choque contra las rocas, un tifón o un maremoto.

—Cada vez que te usen cundirá el pánico.

A la H le sonó coherente. Se fue a ver a las aves. Los pájaros le explicaron que ellos vivían cantando y eso no era apropiado para una letra.

—Imaginate los tímidos. ¿Y los que desafinan? —le dijo un canario— ¿Quién va a usar una letra que suena a cacareo de gallina o graznido de cuervo?

Tenía razón. Así como los animales de la selva, el desierto y la montaña. A los del fondo del mar ni los consultó. El fuego, la música, los insectos hasta las máquinas también lograron convencerla con sus argumentos.

Así, yendo y viniendo, pasó un año. La H seguía sin sonar. Frustrada, se sentó en un paraje solitario y lloró. Entonces, sintió un zumbido que no sonaba pero estaba. Era el silencio. Ni se le había pasado por la cabeza consultarlo. A decir verdad, como causante de su dolor, no podía ni verlo… ni escucharlo.

Al notarla tan decaída, el silencio hizo lo que nunca: habló.

—Yo me sentiría orgullosa de ser silenciosa. No es un defecto, es una virtud.

—Habría que preguntarle a un mudo si piensa lo mismo —le reclamó la H con agresividad.

—Que no suenes no quiere decir que no existas —insistió el otro—. El sol brilla en silencio y a nadie le es indiferente. Las estrellas van y vienen calladitas. ¿Y alguien las olvida? Las flores y las plantas crecen sin conversar. Los artistas crean en silencio y muchas, muchísimas veces, es mejor callarse que decir algo. En silencio se piensa, se ama, se madura, se lee. Los colores y los perfumes no necesitan sonar. A nadie mata el silencio. Es más, detrás de mí hay un universo de emociones y sentimientos que se expresan sin decir ni mu… El silencio es una puerta o una ventana. No es mudo, querida —dijo y se calló.

La H pensó bastante en eso y cuando estuvo nuevamente frente a sus pares alfabéticas, les repitió esos argumentos y comunicó su decisión de seguir sin sonido.

—El silencio significa muchas cosas. Tanto como las palabras —concluyó.

Las otras letras chillaron, gritaron, pero la H no dijo más nada. Solo cuando todas se miraron, en silencio, comprendieron.



FIN

Texto © 2007 Fabián Sevilla. Imagen © 2007 Verónica Hachmann.


Visto y leído en:
Biblioteca Imaginaria
http://www.imaginaria.com.ar/b/pdf/sevillalahpidelapalabra.pdf
® Red Escolar, México 2009
http://web2.ilce.edu.mx/redescolar/redescolar2008/proyectos/cuantos_cuentos_oto09/etapa_2.htm
Bibliopeque itinerante
http://bibliopequeitinerante.blogspot.com/2012/10/cuento-la-h-pide-la-palabra-fabian.html





Los días en el zoológico eran lentos y aburridos. Cuando los chicos lo visitaban encontraban bestias bostezando, holgazaneando y con un humor de humanos.

Se acercaba Carnaval y al león, autodeclarado Rey de los Animales, se le ocurrió hacer algo para levantar el ánimo del bicherío.

—¡Un baile de disfraces! —propuso con una garra al aire. Llamó a los monos, que solían escapar de su jaula y vagar por el lugar sin que nadie les dijera nada—. Inviten a todos a la fiesta —ordenó—. La condición: venir disfrazado de otro animal. Habrá premios para el más original, el más divertido y ¡elegiremos Reina y Rey del Carnaval del Zoo!

A los monos les encantó. Y alborotados se fueron a dispersar la invitación por jaulas y recintos. A medida que el bestiaje se fue enterando, confirmó su presencia y dejó de lado bostezos, holgazanería y mal humor. En cambio, se ocuparon de crear y confeccionar el mejor disfraz de animal que puede usar un animal.

Llegó el día del baile. No faltaba ninguno, aunque ninguno era a simple vista quien parecía. Había que tener ojo de lince para descubrir cuál era cuál.

El camello se guardó las jorobas vaya uno a saber dónde, se pintó de verde y pasó como un cocodrilo perfecto. El rinoceronte estaba encantado bajo la piel del zorrino, pero se había vaciado diez frasquitos de colonia para no quedarse sin pareja de baile. Veintidós monos tití, uno encima del otro, pintados de amarillo y con dos barquillos en la cabeza del último eran una jirafa divina.

El papagayo, disfrazado de puma, puso un disco y con la música se armó el bailongo. Bajo una lluvia de maní y lechuga, la primera pareja en salir a la pista fue la de la boa constrictora disfrazada de gorila y el canguro enfundado en un traje de ardilla. Se bailó milonga, roca y chotis.

Hubo situaciones raras. El ratón, disfrazado de tigre, perseguía al tigre disfrazado de gacela.

—¿Ahora sabés lo que se siente? —le decía el roedor, muerto de risa mientras gruñía y mostraba sus colmillos de mentirita.

El koala salió de su eterna siesta y convenció a todos de que era una nerviosa lagartija y el pingüino, camuflado como un lobo feroz, iba de un lado a otro gritando: “¿Alguien vio a Caperucita?”.

En determinado momento, el león, bajo las plumas de un búho y en dos patas desde la rama de un árbol, anunció los premios. Hubo nerviosismo y emoción. El más original resultó un oso polar. Le había pedido prestado el secreto al camaleón para cambiar de colores según la ocasión y ahora era blanco, al segundo rojo, al instante verde y luego, azul, violeta, amarillo. ¡Parecía un arbolito de Navidad!

—¡Aquí hay acomodo! —comentó entre dientes la cebra. Estaba fula porque había sido la menos creativa: se pintó las rayas blancas de negro y se conformó con ser un caballo azabache.

El más divertido fue el hipopótamo. Ninguno entendió cómo hizo para pasar por colibrí, abrir las alas y sobrevolar la pista de baile. ¡Increíble!

Se anunció la Reina: la elefanta, que se había ido de bambi. El Rey fue el jabalí, que finalmente se sentía bello dentro de su atuendo de pavo real.

Entonces, el león lanzó la propuesta:

—¿Y si nos quedamos así?

Ninguno se negó. Habían hallado el modo de hacer entretenida la vida en el Zoo. Y así volvieron a sus jaulas. Pero no funcionó. A los chicos no les gustó ver a la serpiente coral bajo la pelambre del cebú o a la pantera comiendo maní como el chimpancé. Y a decir verdad, el ñandú no rugía tan bien como el león.

Pronto, todos los visitantes dejaron de ir. El lugar fue más aburrido que nunca.

—¡Cada cual a lo suyo! —ordenó el Rey de los Animales—. No hay mejor que ser uno mismo.

Y, sin contradecirlo, gustoso el animalerío obedeció. Eso sí, no sólo pensando en cómo hacer que sus días fueran divertidos y productivos, sino también… ¡en el disfraz que usarían el Carnaval del año siguiente!



FIN



Texto © 2007 Fabián Sevilla. Imagen © 2007 Steel Vázquez



Visto y leído en:
Biblioteca Imaginaria
http://www.imaginaria.com.ar/b/pdf/sevillacarnavalenelzoo.pdf
® Red Escolar, México 2009
https://redescol.ilce.edu.mx/20aniversario/componentes/proyec_colab/2009/cuantos_cuentos_oto09/etapa_2b.htm
Bibliopeque itinerante
http://bibliopequeitinerante.blogspot.com/2012/11/cuento-carnaval-en-el-zoo-de-fabian.html


“La lectura abre las puertas del mundo que te atreves a imaginar"

"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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